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miércoles, 28 de octubre de 2015

¿Por qué nunca nos sustituirá una máquina?

Hace ya un tiempo, un trabajador pidió reunirse conmigo para comentar un tema personal. Esto era algo habitual, pero en esta ocasión fue diferente: a su hija de 9 años le acababan de diagnosticar una enfermedad muy grave y necesitaba mucho tiempo para acompañarla en el hospital. Era consciente de que todas estas horas (o días) no le correspondían y no sabía que hacer. No quería coger la baja médica porque pensaba que trabajar le servía como válvula de escape a una situación personal muy delicada y consideraba que no era ético hacerlo, pero al mismo tiempo sabía que, como padre, su hija y su mujer le necesitaban. Entre lágrimas, me explicaba que no veía ninguna salida a su situación.

Yo sólo escuchaba. Mi mente estaba completamente en blanco. No podía pensar entre la impresión y la admiración por quién era capaz de llevar adelante una situación así. Finalmente, le pregunté el tiempo que llevaba en la empresa. Le expliqué que en ese tiempo, él nunca había necesitado nada especial por parte de la compañía, pero que esta ocasión era diferente. Le pedí que se centrase en su hija y que sacase fuerzas para arropar a su mujer. El trabajo era muy secundario. Aún así, que fuera viniendo a trabajar si eso le ayudaba, pero sin ningún compromiso. Le garanticé que, cuando todo estuviera solucionado, ya hablaríamos de horas y permisos, pero que eso no debía preocuparnos en ese momento.

Al despedirnos, entre lágrimas, me dio las gracias y se marchó al hospital.



Pocos días después, su responsable me explicó que nadie sabía de qué habíamos hablado en el despacho, pero explicó a todos sus compañeros que nunca podría agradecer suficiente lo que la empresa estaba haciendo por él en un momento muy difícil. Hacía horarios muy especiales, reducidos, pero bastaba ver su mirada cuando le preguntaba por la evolución de su hija para saber que nuestro esfuerzo por sacar todo adelante era miserable en comparación con el suyo.

Meses más tarde, me paró por un pasillo. Estaba emocionado, descontrolado. Su hija seguía ingresada, pero fuera de peligro, recuperándose poco a poco. Se abalanzó sobre mí y me abrazó. Nunca me he sentido más orgulloso de mi profesión que en aquel momento, aunque creo que cualquier en mi situación hubiera hecho lo mismo.

Quiero dedicar este post a alguien que una vez me dijo que el trabajo del departamento de personal podía hacerlo una máquina. "Dar cuatro permisos es muy fácil si aplicas el convenio. En lugar de un responsable de RRHH yo tendría una máquina que pudiera hacer ese trabajo". Supongo que esa es la forma más efectiva de que el empleado sea un simple número y se le trate como tal. Con humildad, pero creo que los profesionales de la gestión de personas, estamos muy por encima de eso.

martes, 6 de octubre de 2015

La señora de la limpieza que sabía demasiado

¿Os habéis fijado en ella? Muta y parece transformarse cuando pasa de una empresa a otra, pero ahí está, paseando por los pasillos como si viviera en una burbuja, ajena a lo que pasa a su alrededor. Raras veces, estas mutaciones la hacen cambiar de sexo, suele tener forma de mujer. Escoba o trapo en mano, sube, baja, entra, sale, como si fuera un fantasma invisible para una buena parte de los empleados del edificio. ¡¡Nunca os fiéis de la señora de la limpieza!! Puede llegar a ser más discreta que el informático, el contable o el de RRHH, pero dicen los que la conocen bien que el gran poder de la información es realmente suyo. 

Habla con decenas de personas al cabo de un día y les extrae la información más valiosa de la compañía, esa que nunca llega a los jefazos. Los pringaos de RRHH trabajan horas y horas para evaluar el clima de la compañía mediante encuestas, cuestionarios y otras memeces mientras ella obtiene toda esa información sólo prestando atención a lo que le dicen sus interlocutores. Los escucha a todos por igual, sabe que la información no entiende de galones ni jerarquías y que, la mayoría de veces, lo importante está en los que se sitúan más abajo en el organigrama.


Para muchos ni existe, otros la miran con cierta prepotencia pensando que ellos tienen el "poder" por haber hecho dos carreras y un máster... Pardillos, sus superpoderes no se estudian en ninguna universidad del mundo. Pero como cualquier superheroe, la señora de la limpieza tiene su kriptonita particular: debe asumir con impotencia las decisiones que los de arriba toman sobre los de abajo sin tener ni puñetera idea. Se esfuerza por entender porque la empresa gasta un dineral en cuestiones que se solucionarían de manera casi gratuita si se escuchase a los de abajo. Esa es su condena.

Pero yo no la temo. Cuando no puedes con el enemigo, únete a él. Lo primero que hago al llegar a una empresa es preguntar como se llaman las personas que limpian en la empresa e intento ganarme la confianza de sus confidentes, los curritos de abajo del organigrama. Ellos son los que mejor conocen al cliente y, como dijo Sam Walton, "sólo hay un jefe. El cliente. Y él puede despedir a cualquiera en la compañía, desde el presidente hasta el último empleado, simplemente gastándose su dinero en otra parte".
Aprovecho esta entrada para enviar un saludo a Tamara. Sin ella, yo no podría trabajar.


5 dudas razonables sobre la marca personal 2.0

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